Capillas

 
Las capillas que dentro del Templo de San Lorenzo ocupa hoy día la hermandad son:
 

Capilla de la Virgen de la Soledad

Este recinto es uno de los espacios más antiguos del templo laurentino, ya que en su origen debió ser -al igual que la capilla frontera del Cristo de las Fatigas o de la Milagrosa- una capilla "qubba" mudéjar para enterramiento de alguna noble familia de la época. Su planta consta de dos partes, una primera de planta cuadrada cubierta por una bóveda ochavada que descansa sobre trompas angulares, y otro tramo menor con bóveda de cañón donde está colocado el retablo que alberga la devota imagen de Nuestra Señora de la Soledad. El primitivo acceso a esta capilla -cegado a finales del siglo XIX- se hacía por un medio punto abierto a la nave del Evangelio, justo donde hoy está colocado el altar de la Virgen de Belén, pues era este lado de la capilla -hasta la ampliación de la parroquia en el siglo XVII con el añadido de las dos naves exteriores- el único que lindaba con los muros de la primitiva fábrica parroquial, debiendo estar exenta a la calle el resto de la vieja capilla mudéjar.

El retablo, del siglo XVIII, en madera dorada con talla de rocalla y soportes de estípites es de un solo cuerpo, dividido en tres calles y está rematado con un ático de perfiles curvos. Fue reformado a mediados del siglo XX. Lo preside desde el camarín central la imagen de Nuestra Señora de la Soledad que está flanqueada por las tallas de San Pascual Bailón y San Benito.

La bóveda está decorada con pinturas murales de Rafael Blas Rodríguez (1957). En las paredes laterales se pueden contemplar dos lienzos dieciochescos que representan la Adoración de los Magos y los Desposorios de la Virgen y que fueron donados a la Hermandad a mediados de los años cincuenta del siglo XX por el recordado hermano "soleano" Joaquín Romero Murube. La capilla se cierra con una sencilla reja decimonónica en la que por ambas caras está pintado el por entonces escudo corporativo y la leyenda "CAPILLA PROPIA DE LA PONTIFICIA, REAL Y PRIMITIVA HER/dad. Y COFRADÍA DE NAZARENOS DE N/tra. S/ra. DE LA SOLEDAD". Esta reja, al igual que una que cerraba el otro acceso a la capilla cuando ésta tenía dos, procede de la antigua capilla de la Soledad en la parroquia de San Miguel, y fueron de las pocas pertenencias que la Hermandad pudo salvar de la destrucción de tan histórica y céntrica parroquia derribada tras la revolución de 1868.

 

Capilla del Santísimo Sacramento

La capilla Sacramental ocupó hasta fines del siglo XVII en la parroquial de San Lorenzo la titulada de Santa Ana, que pertenecía al Hospital de la Misericordia por el patronato de don Pedro de Torres Urrutia. Pero era una capilla pequeña, por lo que la por entonces muy pujante y poderosa Hermandad Sacramental laurentina decidió construir una nueva, más grande y rica, aprovechando para ello también la paredaña capilla de la Virgen del Pópulo. Las obras del nuevo recinto Sacramental se iniciaron en 1699, y si bien en un principio se pensó simplemente en unir ambos recintos, más tarde se desechó esa idea -tras una larga y sustanciada disputa en la que intervinieron varios arquitectos, entre ellos Leonardo de Figueroa, Fray Manuel Ramos, José Tirado, Blas Sancho y Félix y Pedro Romero-, y se optó por levantar una capilla de nueva planta más amplia y acorde a los gustos artísticos del momento.

Las obras (1702-1705) configuraron finalmente un espacio de planta basilical con una sola nave, cabecera plana y crucero, que se logra al colocar en la prolongación de los muros de la nave cuatro columnas marmóreas de orden toscano con dados de entablamento sobre los capiteles que permiten una mayor elevación de las cubiertas y que recogen también el vuelo de arcos de medio punto. El espacio de la capilla se cubre con bóvedas vaídas en la nave y los laterales del presbiterio, con una media naranja sobre pechinas en el crucero, y con bóveda de cañón con lunetos en el presbiterio y los brazos laterales de la cruz. La capilla tiene dos accesos, uno a los pies en comunicación con la nave de la iglesia y otro desde el presbiterio. Tras el altar se encuentra la sala de cabildos.

Preside la capilla un interesante retablo barroco ejecutado en 1703 por Pedro Ruiz Paniagua que fue auspiciado y costeado en parte por don Francisco Bucarelli, marqués de Vallehermoso, destacado miembro de la Hermandad Sacramental, a la que también ofrendó un altar portátil de plata para llevar el viático a los enfermos. El retablo se compone de un solo cuerpo dividido en tres calles y un ático, y emplea columnas salomónicas, siguiendo el estilo de Bernardo Simón de Pineda. Está presidido por una Inmaculada "de acarreo", obra ajena a la ejecución del retablo, fechable en la segunda mitad del siglo XVIII y próxima al estilo de Cayetano de Acosta. En las calles laterales están las imágenes de San José en actitud itinerante con el niño Jesús y Santa Ana con la Virgen niña. En el ático encontramos representado el Misterio de la Santísima Trinidad: un relieve de Dios Padre y las esculturas de bulto redondo del Espíritu Santo en forma de paloma y del Hijo como joven pasionista.

Completa este conjunto Sacramental un interesante conjunto de pinturas murales ejecutadas en varias fases -no exentas de pleitos y desavenencias- por Francisco Pérez de Pineda, Domingo Martínez y Gregorio Espinal. El rico programa iconográfico de estas pinturas, de temática eucarística, ha sido estudiado recientemente por la polifacética investigadora Paulina Ferrer Garrofé.

 

Capilla de Ntra. Sra. de Roca Amador

Cobija una pintura mural realizada con técnica mixta en la transición del siglo XIV al XV siguiendo los esquemas del gótico internacional. Representa a la Virgen -titulada de Roca Amador, importante devoción medieval francesa-, que aparece de pie mientras sostiene en sus brazos al Niño, que lleva en su mano izquierda un pajarito. En la zona superior del mural dos ángeles turiferarios inciensan a la imagen mariana. El fondo, dorado, reproduce un tejido de la época. En la zona inferior aparece la inscripción "Sta. María de Rocamador". Para destacar de la superficie ciertos motivos florales como estrellas y piñas, y también las coronas de ambas figuras y la diadema de la Virgen, el anónimo autor utilizó la técnica del engofrado.

La pintura -equiparable en antigüedad a las catedralicias de la Antigua y de los Remedios, y a la Virgen del Coral de San Ildefonso- queda enmarcada por un retablo barroco-rococó (1750-1751) decorado con estípites, roleos vegetales, espejos y un ático en el que está representado el tema de la Encarnación. En sendas repisas figuran pequeñas imágenes de San Miguel y San Joaquín, anteriores al actual retablo.

Tanto la bóveda de la capilla como un lateral de la misma presentan pinturas dieciochescas, sobresaliendo el tema de la Presentación en el templo del Niño Jesús. También se conservan en los muros que rodean al altar unos interesantes zócalos de azulejería -atribuidos al taller de Valladares-, hoy bastante alterados por la incorporación de piezas modernas y el mal casado de las piezas, productos de reformas posteriores. Antaño la capilla estuvo delimitada por rejas y tuvo una bóveda de enterramiento para los hermanos de la Cofradía del Rosario de Nuestra Señora de Rocamador.

 

Capilla de la Ánimas Benditas del Purgatorio

De reducidas proporciones, planta rectangular y cubierta con bóveda de cañón. Su estructura y dimensión actual se deben a la reforma barroca de la parroquial, ya que en origen debió ser algo mayor, pero al configurarse en el siglo XVII un nuevo templo con cinco naves quedó reducida a su cabecera original.

Preside la capilla un retablo-marco de un solo cuerpo flanqueado por columnas salomónicas con abundante decoración de pámpanos, que se remata por un ático que cobija una pintura del Espíritu Santo entre ángeles. Estilísticamente esta obra recuerda los retablos de los Barahona, y posiblemente se hizo hacia el año 1677. La pintura de las Ánimas, obra sobre tabla de grandes dimensiones, se pintó -según reza una inscripción del propio retablo- en 1587, y se renovó en 1677.

A pesar de esta importante restauración del siglo XVII, y del resto de retoques sufridos a lo largo de los años, aún es perceptible en la tabla el espíritu manierista característico de la pintura Sevillana de finales del siglo XVI.

Muy interesantes son los azulejos que decoran el zócalo y la mesa de altar de la capilla. Están fechados entre 1599-1609 y se atribuyen al taller de Hernando de Valladares. En ellos podemos ver motivos típicos de la cerámica de la época como ondas serlianas, cabezas de querubines, máscaras, geniecillos, motivos florales, puntas de diamante o motivos de clavo, pájaros, cabezas de querubines y parejas de sirenas que enmarcan cartelas con representaciones de las Ánimas del Purgatorio y de la parrilla laurentina, todo ello en los colores habituales: verde, azul, blanco, melado y amarillo para los fondos.

 


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