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Un paso procesional de Alonso Cano para la Cofradía
Sevillana de la Soledad
A las muchas facetas artísticas que cultivó con gran acierto el
polifacético Alonso Cano (arquitecto, pintor, escultor, retablista, estofador,
diseñador de orfebrería y mobiliario litúrgico o dorador, hemos de sumarle
hoy la de artífice de pasos procesionales, género a caballo entre la
retablística y la carpintería -con incursiones en la escultura-, muy próspero
desde la segunda mitad del siglo XVI por las necesidades cultuales emanadas de
la Contrarreforma.
De la dilatada y trascendental etapa sevillana del genio granadino
(1614-1638) nos quedan una serie de pinturas, retablos y esculturas conocidas y
conservadas, otras solo documentadas, la segura formación pictórica del joven
Cano con Francisco Pacheco, y su posible pupilaje escultórico con Juan
Martínez Montañés, sin olvidar la importancia y el que debió tener sobre él
su padre, el ensamblador Miguel Cano. Los años que median entre 1629 y 1631 son
una etapa con numerosas noticias documentales sobre la vida y obra de Alonso
Cano. El domicilio del artista, que a la vez era taller, estaba en la calle del
Naranjuelo (actual Cardenal Spínola), collación de San Lorenzo, a escasos 300
metros del convento del Carmen y de la capilla de la Soledad, en la calle de los
Baños de la Reina Mora, feligresía de San Vicente a la cual se trasladó Cano
pasada la Semana Santa de 1631. Varios motivos nos pueden explicar la relación
entre el granadino y la por entonces pujante hermandad de la Soledad: la fama
creciente que estaba alcanzando el polifacético artista, la cercanía de su
taller a la sede de la cofradía o el esplendor de la misma. Pero, desde luego,
quizás el motor principal de esta relación fuera su amistad con el mayordomo
de la Soledad en 1631, don Rodrigo de Guzmán, Procurador de la Real Audiencia
de Sevilla, en el que delegará pocos años después Cano la representación del
gremio de escultores y arquitectos que le había sido a su vez cedida por
Martínez Montañés tras su marcha a Madrid.
Los datos sobre la ejecución del paso los encontramos en las cuentas del
año 1631, a cuyo frente estuvo en calidad de mayordomo, como señalamos antes,
don Rodrigo de Guzmán. Entremezclado con gastos habituales en una cofradía
como la cera y las tareas de limpieza o montaje de los pasos, encontramos el
primer asiento referente a la nueva obra del paso de la Santa Cruz: "tres
reales de lleuar la pariguela bieja en casa de alº Cano". Y casi
inmediatamente después: "A Alonço Cano para en qta. de la peana y
pariguela de la Cruz, quinientos reales". El traslado del nuevo paso del
taller de Cano a la capilla debió ser el Domingo de Ramos, o todo lo más el
Lunes Santo, pues el siguiente cargo sobre las andas aparece tras uno fechado el
Sábado de Ramos, concretamente de vino para los hombres que montaron el palio:
"más de traer la peana y pariguela de la Cruz, doce reales".
Algún imprevisto de última hora en la peana del paso -quizás la sujeción
de la cruz a ésta-, hizo que volviera al taller de Cano el Martes Santo,
"de lleuar la peana martes sto. a cassa de Alonço Cano, tres reales",
para una reparación rápida, ya que el mismo día las andas regresaron la
capilla, "el Martes Sto. de volver a traer la peana de la cruz, seis
reales", para ser montadas el día siguiente. Otras anotaciones menudas nos
detallan que el paso tenía ángeles "de la trayda de los ángeles, dos
reales y medio", o "al mosso que puso las peanas a los ángeles,
quatro reales", y que en el montaje de las andas intervinieron discípulos
de Cano: "a dos officiales de Cano, ocho reales".
Uno de los apuntes más interesantes nos revela el nombre de un oficial del
taller de Cano: "veynte reales para en qta. del dorado de la tarima, a
Diego Dias, official de alonço Cano". Hasta ahora la nómina de los
discípulos hispalenses documentados se reduce a Damián Martínez (1637), si
bien junto al maestro granadino se formó en Sevilla una especie de corte de
posibles discípulos y allegados, convencidos de las nuevas posibilidades
artísticas que les ofrecía Cano, entre los que estaban Pablo Legot, Felipe de
Ribas -su heredero artístico más claro- y su hermano Gaspar, Martín de
Andújar, Miguel Güelles y Luis Ortiz de Vargas, entre otros. Este Diego Díaz,
puede ser el mismo que en 1670, avecindado en la calle Colcheros (hoy Tetuán),
collación de la Magdalena, contrató con Francisco Mendoza el dorado de un
retablo para el convento de Carmelitas del Santo Ángel de Sevilla. Tras la
Semana Santa, y los consiguientes gastos derivados de la estación de penitencia
a la Santa Iglesia Catedral (costaleros, música y derechos del convento, que
consistían en un carnero y un jamón), aparece anotado otro pago referente al
dorado: "al maestro que doró la tarima, veynte reales".
El último dato consignado en la documentación sobre el paso, y su relación
con Alonso Cano, es la carta de pago en la que se especifica el coste total de
la obra: "A el Sr. Alonso Nuñes de Guzmán, mayordomo de este año de
1632, trecientos Reales que le dio al de la urna, que es Alonso Cano, con que se
acabó de pagar la urna. Costó 1.000 reales". Otra vez el apellido Guzmán
aparece relacionado con el artista.
La cofradía conservaba en su poder, y procesionaba, el paso de Alonso Cano a
principios del siglo XIX, cuando la decadencia de la corporación era bien
notoria. El paso de la Cruz aparece documentado en los sucesivos inventarios que
se conservan: 1698 ("el paso de la Cruz, con faldones de raso negro"),
1738, 1774 (el más detallista "el paso de la Santa Cruz con sus ángeles y
atributos y cuatro faroles nuevos plateados, y los faldones de damasco") y
1801 (que nos aporta que los faldones eran negros y estaban "guarnecidos
con galón de plata"). La desaparición física del paso de Alonso Cano se
produjo con la invasión francesa de Sevilla, en febrero de 1810. El convento
pasó a convertirse en pocos días en cuartel, y la capilla de la Soledad
concretamente en su cuadra. La Hermandad, que guardaba sus pasos en una
dependencia anexa a la sacristía de la capilla, pudo poner a salvo casi todas
sus pertenencias, salvo los pasos, que según González de León, historiador de
las cofradías sevillanas y testigo presencial de estos avatares, "se
perdieron porque después se hundió o derribaron la capilla". La imagen de
la Virgen, que tras pasar por varios domicilios particulares -entre ellos el de
la marquesa de Vallehemorso y el del marqués de Rianzuela- fue depositada en la
parroquia de San Miguel, donde la corporación penitencial inició una etapa de
decaimiento, muy parca en documentación, de la que no saldría hasta principios
de la década de los sesenta en que volvió a procesionar. Y lo hizo con un solo
paso, prestado por la hermandad trianera de la Expiración, en el que la
Dolorosa aparecía al pie de la Cruz. Ya el año siguiente, 1861, volvió a
sacar el paso de la Santa Cruz junto al de la Soledad, que ese Viernes Santo iba
bajo palio, para finalmente abandonar el paso alegórico en 1863.
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