Historia

 

La Soledad y  Joaquín Romero Murube

Se cumple este mes de noviembre de 1994 el XXV aniversario de la muerte de Joaquín Romero Murube, acaecida en el Alcázar hispalense la madrugada medianera del mes de las Ánimas de 1969. Y aunque "doctores tiene la Iglesia" que sin duda glosarán su figura en los más diversos aspectos, desde la literatura hasta la amistad, o incluso el pupilaje más cercano, hoy quisiera esbozar aquí, con la ayuda de ilustres "soleanos" que lo conocieron, y con el apoyo documental del Archivo de la Hermandad de la Soledad, a un Romero Murube en San Lorenzo un Viernes Santo con túnica, escapulario, manguitos y vara de presidencia; o un sábado cualquiera, escuchando misa a los pies de su Virgen; o en casa Ovidio, preparando con Antonio Petit, José de Rueda, Miguel García Posada y Tomás Ruiz Vela los actos del IV Centenario de la Hermandad.

Tres soledades - qué nombre tan literario - acompañaron al poeta de Los Palacios a lo largo de su devenir diario: la soledad existencial, doña Sol y La Soledad. La soledad vital la sintió por primera vez, según literaria confesión, una tarde en que toda su familia fue a los toros: "Todo Sanlúcar estaba vacío. También mi casa. Yo nacía a la soledad. Sí, la soledad como algo denso y palpable que nos une y relaciona con el fondo de la vida y con el universo." ("Los cielos que perdimos", 1964.) Y como de todo buen poeta, la soledad fue compañera inseparable a lo largo de sus días: "¿Dónde está ahora la sirena? ¿Ni sombra ya de su estancia? ¿Mar fingido, mar literario otra vez? ¿Soledad?... ¡Soledad, sí, soledad llena de femenina ausencia!" ("Sombra apasionada", 1929.)

Su segunda soledad, Doña Sol, compartió con él treinta y tres años de diaria convivencia. A ella, "Soledad Murube y Cardona, mi mujer, cristiana compañera de todas mis horas: las de alegrías, las de esperanzas, las de dolor" le dedicó el pregón de la Semana Santa de 1944, del que este año se han cumplido cincuenta años, y cuyos derechos de edición cedió a la por entonces Primitiva, Real y Pontificia Hermandad de Nazarenos de Nuestra Señora de la Soledad.

Y aún hay otra Soledad, "la última. Sale de San Lorenzo, del barrio más puro de Sevilla... La Virgen va transida de dolor, del dolor de la soledad, del dolor más real y aparente de todos los dolores... Va casi sola en su dolor. Silencio, fin, agotamiento. Los hermanos de la Soledad lloramos esta soledad en que camina nuestra Virgen. Las sillas se apilan informes, contra las aceras. No nos miran, Por entre la sombra y el silencio de las calles vamos con Nuestra Virgen de la Soledad, en soledad. ¡Bendita sea!" ("Dios en la Ciudad", 1934.)

En el "Libro de Hermanos. 1900-1960", iniciado en abril de 1952 en base a listas antiguas, en el asiento 23 podemos leer: "Joaquín Romero Murube. Domicilio: Alcázar. Fecha de ingreso: 16-3-1917. Cuota: 5 pesetas. Observaciones: fallecido el 15-11-1969". Tenía el futuro poeta doce años cuando ingresó en la Hermandad del barrio en el que vivía: "Fachadas verdes, azules./ Esquinas de cal. Conventos./ La tarde entra por el río/ al barrio de San Lorenzo./ ... Campanas van por el aire/ buscando de nube un lecho". ("Sombra apasionada".)

Sintetizar en unos pocos párrafos la labor de Joaquín Romero Murube en la Hermandad de la Soledad es tarea harto difícil, e incluso puede ser injusta por los necesarios descartes por mor del espacio, los inevitables olvidos y los imperdonables desconocimientos. Cincuenta y dos años fue el poeta hermano de la Soledad; murió siendo el número dos. También formó parte de varias Juntas de Gobierno, si bien una amonestación del Cardenal Segura por un artículo nada elogioso sobre el retablo del Corazón de Jesús de la Catedral le recortó su estancia entre los máximos dirigentes de la Hermandad. Fue Consiliario en 1945, y al menos (no se conservan las Actas de 1955 a 1962) desde 1965 hasta su muerte.

Además de la vara de presidencia el Viernes Santo (Sábado desde 1956), todos los acontecimientos de la Hermandad los vivió Romero Murube en primera línea, y así lo testifica la memoria quieta encerrada en amarillentas instantáneas: el nuevo paso (primer golpe de gubia, primera "mudá"...), para el que aportó cinco mil pesetas, de las de 1945; su conferencia en el Lope de Vega "Hoy Italia" (julio de 1950) para recaudar fondos con destino al paso que estaba terminando el "maestro Curro"; la restauración de la capilla (mayo 56-febrero 57), de la que fue director con el asesoramiento de Santiago Martínez y Gustavo Bacarisas; la recepción como hermana de doña Carmen Polo de Franco (27-abril-56); la adquisición en "el Jueves" de antiguos legajos de la Hermandad; o las flores del Alcázar que muchos años, con la pericia de Paco Ponce, adornaron los besamanos de la Virgen de la Soledad.

En 1951 el ya rico patrimonio literario-musical con que contaba la hermandad (Buenaventura Íñiguez, Lamarque de Novoa, Jerónimo Oliveras ...) se vio engrandecido por unas coplas a la Virgen de la Soledad, con letra de Romero Murube y música de Telmo Vela: "Si el dolor se hiciera rosa/ y la pena claridad/ nacieran de tus mejillas,/ Virgen de la Soledad".

También en los actos conmemorativos del IV Centenario de la Hermandad (1957) se notó la sensible mano de Joaquín. Suyas fueron las ideas de las exposiciones de soldaditos de plomo y carteles comerciales en el palacio de los Villapinedas de la plaza del Duque. La primera, con más de cien mil piezas procedentes de la colección del Marqués de Benamejí, y la segunda, con firmas de Maireles, Bonilla, Ruiz Vela y Vicente Flores. Igualmente participó en un acto literario celebrado en el Museo Provincial, por entonces sede de la Real Academia de Bellas Artes, con motivo de las fiestas jubilares de la Hermandad.

A Joaquín, en acto de estricta justicia, le fue concedida la primera Medalla de Oro de la Hermandad, que le fue impuesta tras la Función Principal del 19 de febrero de 1961 por el también hermano de la Corporación, y reconocido "soleano", don José María Bueno Monreal.

En las Misiones de 1965 la Virgen de la Soledad estuvo en San Jerónimo, concretamente en las escuelas nacionales de la calle Boquerón, tras visitar a la de Todos los Santos en su casa de la calle Feria "divinas cortesías de barrios"; pasar por casa de la Macarena, "que es palacio de la Gracia"; el Hospital, "palacio de las angustias", y entrar en la rotonda del Cementerio, "¿cuándo vino una Virgen de Sevilla a la puerta del camposanto de sus hijos? Había de ser la Soledad... " Romero Murube, en un celebrado artículo publicado en estas mismas páginas de ABC (29 de enero), intentó explicarle a los vecinos del barrio qué era para él la Soledad: "Ahí os la dejamos, vecinos de San Jerónimo. Ella es nuestra Madre. También lo quiere ser de vosotros. ¿Qué no sabéis rezar algunos? No importa. Miradla con ojos de amor. Habladle con sencillez y con confianza."

El urgente traslado (por mor de un tratamiento contra las termitas en San Lorenzo), y la breve estancia de la imagen de la Virgen en el convento de Santa Rosalía (12 agosto-4 septiembre 1969) fue una de las últimas gestiones que hizo Joaquín por su Virgen de la Soledad. "...¡Entre todas las campanas/ mis monjitas capuchinas! ..." ("Sombra apasionada".)

La repentina muerte del poeta cogió por sorpresa a toda Sevilla. Los oficiales de la Soledad celebraron en el apeadero del Alcázar un cabildo extraordinario el mismo día 15 de noviembre, a las tres y media de la tarde. Los acuerdos en la sala clasicista del arquitecto milanés Vermondo Resta no se hicieron esperar: sentimiento profundo de pesar, responso "corpore insepulto" en la Capilla (el funeral fue en el Sagrario), exequias solemnes en San Lorenzo (misa rezada por deseo de la familia el viernes 21 con más de mil asistentes, y la Virgen en el Altar Mayor), mármol recordatorio en la sacristía de la Capilla, y solicitud al Ayuntamiento para rotular la calle Alcazaba con el nombre del poeta desaparecido. Mientras tanto, muy cerca yacía Joaquín amortajado con la túnica de la Soledad y con el manto de salida de la Virgen sobre el ataúd. "Sevilla, cuando yo muera/ no quiero ser tierra tuya./ Aire fino de tus barrios./ Soledad de tus clausuras." ("Kasida del olvido", 1945.)

El recuerdo del poeta permanece aún vivo en la Hermandad: en las amarillentas fotos del despacho del mayordomo, en la biblioteca, en las actas, en las listas de hermanos con sus familiares más cercanos, en el buen recuerdo de todos los que le conocieron... "las cosas de Joaquín". Su viuda, hermana desde el primer día de 1944, cedió en 1987 "in perpetuum", para la Bolsa de Caridad de la Hermandad, los derechos de la obra "Sevilla en los labios", "ya que sé que con ello interpreto fielmente lo que hubiera sido el deseo de Joaquín".

Queden pues estas líneas en recuerdo del poeta que tuvo siempre a Sevilla, y a la Virgen de la Soledad en los labios: "esa Virgencita pálida, pobre, descolorida, menuda, la última de todas... ¡Virgen mía de la Soledad!" ("Pregón de la Semana Santa", 1944.)

 


© Hermandad de la Soledad
(Parroquia de San Lorenzo)
Martínez Montañés, 19-21
Tlf: 95 438 11 54.
41002 Sevilla