Historia

 

La Soledad en la Parroquia de San Miguel

Tras la toma de Sevilla por las tropas invasoras francesas (1 de febrero de 1810) el Convento del Carmen, al igual que otros muchos templos y cenobios hispalenses, fue convertido en cuartel. La capilla propia que desde finales del siglo XVI poseía la Hermandad de la Soledad en dicho recinto monástico fue derribada y convertida en cuadra. Dicha capilla, a eje con el templo conventual, y separada de éste por el atrio, constaba de una sola nave cubierta de rica techumbre con maderas talladas y doradas.

La Hermandad estaba sumida por aquellos años en una profunda crisis, al igual que la Sevilla del tránsito del XVIII al XIX. El estamento nobiliario - para poder ingresar en la Corporación había que demostrar la hidalguía - fue abandonando poco a poco una Hermandad que años antes, en 1766, había llegado a tener en su nómina de hermanos 22 marqueses (Mejorada, de la Granja, Torreblanca...) y 7 condes (del Aguila, Cantillana,). En 1802 hizo por última vez estación de penitencia, evento que no se repetiría hasta el Viernes Santo de 1860. Como prueba de esta decadencia señalemos que al Cabildo General de 1808 sólo asistieron cinco hermanos, entre ellos el III Conde del Aguila, que pocos días después sería asesinado en la Puerta de Triana por el populacho enfervorecido tras acusársele de afrancesado.

El 22 de marzo de 1810 se celebró por última vez en la capilla del Carmen una acto corporativo: un Cabildo General. La imagen de la Virgen, sus joyas y los enseres de plata, noventa y tres arrobas de metal argénteo macizo y no chapado como era usual, habían sido retirados con anterioridad del convento ante la demostrada voracidad e impiedad del ejército invasor. La Virgen y las alhajas se depositaron en casa de la marquesa de Vallehermoso, título que desde su creación estuvo vinculado a la familia Bucareli. La plata quedó en un almacén del clausurado convento dominico de San Pablo. En agosto de 1811 pasó la imagen al oratorio particular del marqués de Rianzuela, y por último el 13 de septiembre de ese mismo año se trasladó, con todos sus efectos, a la parroquia de San Miguel, a instancias del presbítero de dicho templo don Francisco de Paula Vega.

La parroquia de San Miguel, derribada durante el fervor anticlerical de "La Gloriosa" en los meses de octubre y noviembre de 1868, ocupaba la manzana hoy delimitada por las calles Jesús del Gran Poder (antes Palmas), Aponte (hasta 1845 San Miguel), Trajano (antes Puerco) y plaza del Duque. Aunque su fundación se remonta a época fernandina (Anales de Ortiz de Zúñiga), será tras el terremoto de 1356, durante el reinado de Pedro I de Castilla "el Cruel" o "el Justiciero" y a instancia del Arzobispo don Nuño, cuando la levanten de nuevo, desde los cimientos, el celo y la hacienda de don Martín Yánez de Aponte, señor de Chillas, alcaide de las atarazanas y tesorero mayor de Andalucía.

Don Félix González de León, cristianado en su pila bautismal, describe el templo de una forma bastante minuciosa en su Noticia Artística de Sevilla (1844) . Resalta que es "edificio de hermosa construcción, de arquitectura gótica, todo de piedra de robustos pilares y cercado de fuertes bóvedas, sobre las que hay espaciosas azoteas. Consta de tres naves, la del medio con la capilla mayor es magnífica, ancha y dilatada: las laterales son más cortas, y la del lado del Evangelio, aún lo es más porque a sus pies está la torre." Don José Amador de los Ríos, en Sevilla pintoresca (1844) se muestra más crítico con el edificio: "ha sufrido grandes e importantes alteraciones que han contribuido a desfigurarlo de todo punto. Tiene cortados los pilares, que debieron darle en otro tiempo más suntuosidad y gallardía, y apenas ha quedado vestigio alguno de las palmas que servían a aquellos de ornamento."

Durante la ocupación gabacha (1810-1812), y para burlar a los Oficiales de Secuestros, el "cura Vega" - así lo denomina repetidamente con ánimo peyorativo don Félix González de León- vendió la mayor parte de las joyas, y con su producto se costeó un altar para la Señora en el lado del Evangelio de la capilla mayor, que se estrenó el 12 de febrero de 1812, y se mantuvo el culto público, en especial las misas sabatinas y el anual Quinario.

En junio de 1814 el prior del Carmen invitó a la Hermandad a regresar al convento de la calle Baños, aunque fuera provisionalmente a una capilla del templo carmelita en tanto que la Hermandad reedificaba su antiguo recinto, anexo a la iglesia conventual, pero independiente de ella. Tan sólo el Hermano Mayor, don Francisco Chacón y Carrillo de Albornoz, fue partidario de un rápido regreso al Carmen. La Corporación acordó por mayoría en marzo de 1815 permanecer en San Miguel hasta que se reconstruyera totalmente su antigua capilla, para lo que se impuso entre sus hermanos una cuota mensual de treinta reales bastante flexible en su pago (15 de mayo de 1815). Se abre aquí un vacío documental en el archivo de la Hermandad que durará hasta 1860.

En la profunda reforma de la parroquia de San Miguel que llevó a cabo en 1827 el "cura Vega" ,muy criticada por González de León, se construyó una capilla para la Soledad en la cabecera de la nave del Evangelio "derribando lo que era sacristía se formó una nueva capilla bastante capaz, abriéndose dos grandes arcos que se cerraron con puertas de rejas, uno a la capilla mayor, y otro a la cabeza de la nave." También se restauró la imagen de la Soledad "simulacro muy antiguo y respetable que fue estofado de nuevo, de lo que no tenía necesidad, con lo que perdió el carácter respetable de antigüedad y mérito" y se vistió más al gusto de la época "quitándole una túnica o sobrevesta blanca que antes le ponían sobre la túnica negra."

Un inventario parroquial de 1834 nos describe puntualmente la capilla: "Un altar de madera estofado y en el la Sma. Virgen de vestir, la cual tiene un manto de terciopelo negro con forro de tafetán blanco, saya de lo mismo, un almohadón sre. que está de rodillas, de terciopelo negro bordado todo de plata con las insignias de la Pasión, corona hermosa de plata y corona de espinas de lo mismo en las manos de la Sra. y un cíngulo de tisú, ocho candeleros, los seis grandes y otros dos más pequeños, cruz, todo de madera y plateado, dos atriles y tres sacras con marcos dorados. Dicha Sta. Imagen está con unas puertas cristales hermosas, y el altar tiene dos cortinas desde la bóveda hasta abajo, de olandilla morada, para la Semana Santa. Toda la Capilla, como la mayor está colgada de damasco, y en una ventana una cortina grande de tafetán carmesí."

En la lista de Hermandades de la parroquia de San Miguel, realizada en 1842 con carácter general en toda la Archidiócesis por orden del Gobernador del Arzobispado, sólo figuran en activo en el templo de la plaza del Duque las del Amor (que había llegado a la parroquia en 1811 procedente de la iglesia de Nuestra Señora de la Consolación, vulgo "Los Terceros"), la Sacramental (fusionada con la de Nuestra Señora del Rosario y Animas), y Pasión (cuyo titular arribó en junio 1841 procedente de una casa particular tras haber sido cerrado un año antes el convento de la Merced, hoy Museo de Bellas Artes). Con las Reglas en paradero desconocido se citan en la lista las Hermandades de la Soledad, Santa Bárbara, Santa Ana y Vera Cruz.

En 1860 la Hermandad de la Soledad, que no salía desde 1802 y desde 1815 no tenía vida corporativa, sólo contaba con tres hermanos: el conde de Cantillana y los marqueses de las Torres y de Rivas del Jarama. Este último, don Rafael Manso de Santa Cruz y Domonte había sido secretario a principios del siglo XIX, cuando la Soledad aún residía en su capilla propia del Convento del Carmen.

Para reorganizar la Hermandad el marqués de Rivas escribió a los dos hermanos supervivientes, y también a los descendientes o herederos de otros antiguos hermanos. Salvo el conde del Aguila, que aceptó complacido su ingreso en la Corporación ("es para mí una satisfacción que me inscriba como hermano") todos los demás se excusaron de una u otra forma: "tanto el asistir a la reunión como el inscribirme como hermano me lo impiden motivos de consideración y delicadeza, soy Consiliario primero de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder" (marqués de Loreto); "todas mis salidas se reducen a las visitas a la Santa Caridad" (conde de Cantillana) o "la edad que tengo ya no me permite emprender cosas nuevas, además que las circunstancias no son las más apropósito" (marqués de las Torres). Este último, don Miguel Lasso de la Vega, a pesar de "la edad y de las circunstancias" fue elegido cuatro años más tarde Hermano Mayor de la Archicofradía de Jesús Nazareno.

Ante tales negativas el marqués de Rivas buscó nuevas personas, sin hidalguía pero con ánimos para sacar adelante el proyecto: don Luis de la Fuente, don Francisco González Barranco, don Luciano Celaya y don José Bermejo y Carballo. Todos ellos, tras prestar el juramento de defensa del "Inmaculado Misterio de la Purísima Concepción" fueron recibidos como hermanos el treinta y uno de marzo de 1860. Dicho día se inscribió en el Libro de Actas de la Corporación la "Rehabilitación de la Cofradía". En ella se hizo un breve resumen de los avatares que había atravesado la Hermandad desde la invasión francesa.

Referente al tema de la plata y demás enseres no pudo ser más claro el tenor literal del documento: "habiéndose hecho cargo de los efectos y alhajas el Sr. Dn. Francisco de Paula Vega, Pro. cura de San Miguel, construyó un altar donde se conserva la Señora. Y habiendo fallecido el referido cura, hasta ahora no hay noticia alguna de la inversión del producto de dichas alhajas." Don José Bermejo y Carballo, abogado, historiador de las Cofradías sevillanas y oficial de la Hermandad de Pasión -que también residía en San Miguel- desempeñó en la Soledad durante este período los cargos de Mayordomo (1860-1863), Diputado (1866) y Secretario (1866-1868). Su actuación en la rehabilitación fue clave ya que como Mayordomo adelantó cantidades que jamás recuperaría, y además fue el encargado de redactar las Reglas de Gobierno de la Corporación que fueron aprobadas en Cabildo de 9 de febrero de 1861 y sancionadas por la Autoridad Eclesiástica el 14 de febrero de 1862.

A las tres y media de la tarde del 6 de abril de 1860, Viernes Santo, la Soledad efectuó su primera salida procesional desde la parroquia de San Miguel en un paso cedido por la Hermandad trianera de la Expiración: "llendo la Sra. en un paso decorosamente adornado, y al pie de la Cruz. El acompañamiento fue bastante regular pues aun cuando el número de hermanos es tan corto, la piedad de los fieles y devotos suplió esa falta". Ese mismo día procesionaron también las cofradías de la Exaltación y Monserrat. En 1861 la Hermandad procesionó con dos pasos, uno con la Santa Cruz, y otro de palio con la Virgen "con multitud de alhajas, gran número de adornos de plata y profusión de luces". Como siempre la cofradía "soleana" cerró la Semana Santa -había salido a las cuatro- tras haber desfilado antes la Carretería, la de la Santa Cruz en el Monte Calvario, Monserrat y la Piedad de Santa Marina. Pocas novedades se registraron el Viernes Santo de 1862 en relación con el año anterior. Tan sólo faltó la Mortaja para repetir la misma nómina. La prensa de la época destacaba todos los años el Domingo de Pascua, al hacer el resumen de la Semana Santa, a la Hermandad de Monserrat, que por aquellos se vio muy favorecida por el patronato y mecenazago de los Duques de Montpensier. También el aspecto turístico de la fiesta mayor de Sevilla se resaltaba anualmente: "no cesaremos de estimular la Semana Santa, no sólo porque se ostenta la religiosidad, sino porque Sevilla gana mucho y prospera su comercio."

Pasada la Semana Santa, en mayo, llegó a la Hermandad el Decreto Real de Isabel II por el que se autorizaba a la misma a admitir a personas que no demostraran la hidalguía, siempre que "su fama de religiosidad fuese notoria", algo que estaba sucediendo desde hacía dos años. Terminaba así una secular limitación que dio lustre, pero también sombras, a la Corporación.

En 1863 se suprimió el paso de la Santa Cruz, y quedó únicamente el palio. De nuevo, al igual que en 1860, sólo nos precedieron el Viernes Santo la Exaltación y Monserrat. Preocupados los hermanos por el aspecto de la Caridad, bastante desatendido, por no decir inexistente en las Hermandades de esa época, el Cabildo General de abril del 64 aprobó la creación de un "seguro mutuo" para el socorro de los hermanos necesitados. Con la subvención del Ayuntamiento por la salida de 1864 se pudo reformar el palio. Don Manuel Gutiérrez-Cano restauró ese año la imagen de la Virgen. El Viernes Santo de 1865 la Cofradía estrenó un palio "de puntas anchas, las caídas guarnecidas de plata y terciopelo, y adornado de una cornisa elegante, del mismo metal"; un traje de terciopelo bordado para la Virgen y "una Cruz de cuerpo de nazarenos de terciopelo negro y franjas de plata." Ante el auge que estaba experimentando la Hermandad en mayo de 1865 el párroco de San Miguel consideró "deber de conciencia" devolver las pertenencias de la Corporación que en depósito custodiaba la parroquia desde 1811. Como la plata, noventa y tres arrobas de metal labrado, "había desaparecido" con el "Cura Vega" intentó conformar a los "soleanos" con un trastero para guardar sus objetos, que para más inri estaba situado en la capilla propia de la Hermandad.

Los problemas de mayordomía se agravaron en 1866 pero no por ello dejó de salir la Cofradía. Bermejo renunció a su deuda de "seiscientos y pico de reales" y la Hermandad se embarcó en el ambicioso proyecto de bordar un manto de salida, encargado a unas anónimas bordadoras. En 1867 se estrenó el bordado de la delantera del manto con unos "ángeles", según la prensa. También ese año estrenaron sus vestiduras bordadas las imágenes de la Mortaja. En la mejora del patrimonio se añadieron además los faldones del paso, las canastillas, las bocinas y una bandera. El 10 de abril de 1868 salió por última vez la Soledad de San Miguel.

De nuevo los problemas financieros acuciaban las arcas "soleanas". Una antigua deuda con el mayordomo don Pablo Torner tuvo que saldarse con la entrega a éste de la corona de la Virgen, y además el manto fue prestado por las bordadoras que lo retenían en tanto no se les pagara del todo su trabajo.

La revolución de "La Gloriosa", la más romántica de todas las revoluciones españolas en palabras recientes del profesor Alvarez Santaló, principió Cádiz el 18 de septiembre de 1868 con el pronunciamiento de Prim y Topete, y al día siguiente triunfó en Sevilla. La Junta Revolucionaria de la Ciudad, en la que estaban entre otros don Manuel de la Puente y Pellón, don Federico Rubio, don Antonio Machado, don Federico de Castro y el Marqués de la Motilla, acordó el 6 de octubre la supresión de doce parroquias -entre las que estaba San Miguel- y veintitrés templos que no poseían tal rango. A pesar de las inútiles quejas del canónigo don Francisco Mateos Gago, vocal de la Comisión Provincial de Monumentos Artísticos, la piqueta especuladora y anticlerical surgida de "La Gloriosa" derribó San Miguel en noviembre de ese año, si bien aún en 1871 quedaban restos de la vieja parroquial en el solar donde poco más tarde se levantó el Teatro del Duque.

El Cabildo General celebrado el mismo día de la supresión acordó el traslado de la Corporación a la parroquia de San Lorenzo tras las gestiones que había realizado ante el párroco de dicho templo don Eugenio Fernández de Zendrera, presbítero y Hermano Mayor de la Soledad. De la capilla de San Miguel, además de la imagen y los enseres de culto, la Hermandad retiró dos rejas -una de ellas hoy en la capilla de San Lorenzo- y la solería de "losas de Génova".

 


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