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2.1.4La Capilla dedicada a las Ánimas Benditas del Purgatorio, es un espacio con planta rectangular y bóveda de cañón y que en un principio debió ser de dimensión superior quedando reducida sólo a su cabecera original al incorporarse el resto de la misma a la quinta nave (del lado del evangelio) surgida tras la reforma barroca del edificio de la Parroquia de San Lorenzo.

La pintura que representa a las Ánimas es de grandes dimensiones y se realizó en 1587, renovándose noventa años después, quizás cuando se realizó el retablo, aunque éste de un solo cuerpo con columnas salomónicas y con profusa decoración quizás apunte hacia un barroco más adelantado.

Es de destacar el zócalo de azulejos que incluyen la fecha de 1609, también atribuibles al taller trianero de los Valladares.

La Hermandad de las Ánimas Benditas de San Lorenzo transcurrió paralela a la Sacramental, cuestión común a otras de igual índole de otras parroquias sevillanas. Con seguro origen en el siglo XVI elaboró reglas en 1640. Destaca como a principios del siglo XVIII levantó la sala de cabildos medianera con la Capilla del Sagrario compartiendo sus gastos con la Hermandad Sacramental, en la cual se integró definitivamente el 19 de abril de 1819.

Publicado: 21 Febrero 2012
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2.1.3La pintura mural de Nuestra Señora de Roca Amador que se halla en la Parroquia de San Lorenzo de Sevilla y es titular de la Hermandad Sacramental de la Soledad, representa una antigua devoción francesa que reproduce una imagen mariana que sostiene al Niño con su brazo izquierdo, completándose la escena con una pareja de ángeles con incensarios en la parte superior. De fondo se hallan diversos motivos florales y vegetales y una solería con combinación geométrica en la parte inferior que dan cierta perspectiva al conjunto, quedando separados ambos espacios con una franja partida con la inscripción «s.ta maría / de rocamador».

La obra, que mide 3,20 metros de alto y 1,60 de ancho, está realizada con técnica mixta, destacando los pigmentos de color verde en la vestimenta de la Virgen con estofado de motivos vegetales y de color rojizo en el manto, que incluye piñas y estrellas ejecutadas con la técnica del engrofado, con objeto de contrastarlas con la superficie. El Niño sostiene con la mano izquierda un pajarito y viste con túnica rosácea y manto anaranjado con tréboles de cuatro hojas estofados. El dorado predomina en los zapatos de la Señora y en las coronas que también están realizadas con la técnica del engrofado.

La datación cronológica de la pintura mural es un tema controvertido, pues según la opinión de diversos investigadores oscila entre poco tiempo después de la Conquista de la Ciudad, hasta finales del siglo XIV. Lo que sí parece claro es la relación que tiene la Virgen de Roca Amador con las otras tres pinturas murales de la época que se conservan en Sevilla: la Virgen del Coral de la iglesia de San Ildefonso y la de la Antigua de la Catedral. En los tres casos la imágenes ocupan el testero más antiguo de sus respectivos templos, orientado al sur, por lo que es plausible que ocuparan el sitio del mirhab de las mezquitas que en ese espacio existían antes que fueran sustituidas por las nuevas construcciones mudéjares y góticas, con orientación este-oeste.

Debido a su antigüedad, la pintura mural de Nuestra Señora de Roca-Amador ha sufrido numerosas restauraciones, siendo las primeras conocidas la de 1693, y la de 1718 que se englobó dentro de una intervención general en la capilla. Hay que tener en cuenta que este espacio está hoy exento pero estuvo delimitado por rejas y que contaba con una bóveda con enterramientos. Son de gran interés el zócalo de azulejos salidos seguramente del taller trianero de Benito y Hernando de Valladares realizados en 1609, aunque están completados con otros de época posterior.

En 1751 se incorporó el retablo barroco que enmarca la pintura conteniendo elementos como los estípites, espejos y roleos. En el ático se representa la Encarnación y las repisas sostienen las figuras de San Miguel y San Joaquín, de época anterior. En el muro lateral occidental existe una pintura mural con el tema de la Presentación en el Templo del Niño. En el intradós de los arcos que acotan el espacio del altar de Nuestra Señora de Roca-Amador se encuentran diversos tondos con escenas de la vida de la Virgen, pintados en época barroca.

Restauraciones posteriores fueron llevadas a cabo en 1881 por Juan Oliver, en 1939 por José Carrera, en 1940 por Rafael Blas Rodríguez, en 1979 por el equipo de Juan Luis Coto Cobos y en la actualidad por Juan Abad y Alfonso Orce.

La Virgen de Roca-Amador contó con Hermandad propia desde al menos 1558, aunque no gozó de estabilidad, siendo recuperada a finales del siglo XVII elaborándose nuevas reglas que se aprobaron el 12 de junio de 1691. Finalmente la Hermandad se integró en la Sacramental de San Lorenzo el 4 de noviembre de 1844.

Publicado: 21 Febrero 2012
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Archivo Documental

Publicado: 26 Noviembre 2011
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En este apartado hemos incluido una selección de los textos referentes a nuestra Hermandad en los Pregones de la Semana Santa de Sevilla



Miguel García-Posada García (1954).

 

Voy terminar. Permitidme que mis últimas palabras sean en acción de gracias para Aquella a quien he tenido presente en mi pensamiento a lo largo de todo mi Pregón; para Aquella que desde su altar de la Parroquia de San Lorenzo, es dulce consuelo y refugio de todas mis horas, Reina y Señora del Cielo, Madre Santa de la Soledad. Permite, Virgen bendita, que mi lengua torpe y balbuciente por esta infinita emoción, que pone un nudo en la garganta y hace aflorar a los ojos las lágrimas incontenibles de un sincero arrepentimiento, todos fuimos causantes de tu Soledad y de tu desamparo, glosen las palabras finales de la Protestación de Fe de nuestra hermandad.

Haz, pues, Madre y Señora de todos los Dolores, que seamos siempre fieles hijos tuyos y cofrades fervorosos de todas tus hermandades; bendice y no dejes nunca de proteger a esta Sevilla que te ama y te venera a través de todas tus devotas advocaciones; confírmanos en la Fe que profesamos; no nos dejes nunca solos, ni en la vida ni en el trance supremo de la muerte, sino que acompañados

por Ti, vestidos, y ya para siempre, con la túnica de nuestra penitencia, reciba mos como fruto de los Dolores que por nosotros sufriste, el premio de encontrarnos entre los escogidos de Dios por toda la eternidad.

He dicho.



Antonio Rodríguez Buzón (1956).

 

(...) y por último, iremos al encuentro de La Soledad. Sí, iremos al encuentro de la Virgen de la Soledad, con pisada arrastrada al peso del cansancio y como sostenidos por ese hilo suspirante que parece surgir de cada esquina cubierta por la húmeda yedra noche. Sí, iremos al encuentro de la Soledad mientras llueven las estrellas expectantes. Y sola ya la noche. Y sola la sangre. Y sola la mirada. Y solo el silencio. Y sola la frente. Y sola la ilusión. Y sola, hasta la voz cansada y hueca del capataz, que después de pasear en triunfo una y otra vez a la Madre de Dios por las calles de Sevilla, se encuentra inesperadamente apagada y sola ante su bendita Soledad.

Todo solo ante la Soledad. Sola la brisa. Solo el espíritu. Solo el recuerdo y solo el grito, que de hacerse copla, exclamaría por el espacio huérfano de música y sonido en la triste noche penitencial:

 

¡Qué sola la Soleá!

camino de San Lorenzo

por la luna acompañá.

 

 

 



Francisco Montero Galvache (1959).

 

                                                           A Ti, jardín celeste donde mora

                                                           en su tranquilo sueño la belleza;

                                                           a Ti, donde descansa su cabeza

                                                           de silencio y de lágrima la aurora.

 

                                                           A Ti, andariega Soledad, pastora

                                                           del hondo pastoreo de la tristeza;

                                                           en cuyas manos la amargura reza,

                                                           y en cuyos ojos la alegría llora.

 

                                                           A Ti, a tu frente pálida y dormida

                                                           donde la muerte se convierte en vida,

                                                           y el dolor, Soledad, se hace ternura.

 

                                                           Solísima cosecha de dolores,

                                                           última procesión, postreras flores,

                                                           ¡a Ti te da Sevilla su hermosura!

 

 



Ignacio Montaño Jiménez (1997).

 

Evangelio de la Soledad de la Madre (Sábado Santo)

 

[…]

Y cuando se retira el cortejo, la Madre queda sola; sola en su Soledad.

La Soledad más agreste, el desamparo total sin frontera con alegría alguna, el corazón pelícano más roto, la tristeza y el silencio más abatidos.

Ya ni siquiera el cuerpo del Hijo desmayado en la muerte. ¡Tanta Soledad por San Lorenzo, que siendo suyo el primer paso de palio de la historia, sólo lleva esta noche su inclinada aflicción en el suave escalofrío del cielo de Sevilla!

Pero tan sola y tan estremecida por el llanto, todavía tiene fuerzas para acompañar nuestras soledades con su pañuelo y su regazo en la rotonda del Cementerio, donde el dolor de la gente que llora la pérdida de los suyos, eleva la unánime plegaria:

            «Y después de este destierro muéstranos a Jesús».

Cuántas veces en la madrugada fría de las noches de Cuaresma, con el eco lejano de cornetas y tambores que ensayan junto al Hospital de la Cinco Llagas, una solemne procesión de nazarenos que visten la túnica de su amortajada primavera llevan hasta la Soledad de la Madre al Cristo de las Mieles y le repiten los nombres de los sevillanos muertos que, por su mediación, están escritos en el Libro de la Gloria. Hermanos nuestros que subieron al Reino de los Cielos, mirando los ojos de esta devoción tan antigua de Sevilla y pidiendo su protección: ¡Soleá, dame la mano!

Porque la Soledad de la Virgen es también la última Esperanza de Sevilla.



Eduardo Del Rey Tirado (1999).

 

Y el Sábado Santo, que se pronuncia Soledad, porque ya nada nos queda sino Ella, y nada le queda a la Mujer Sola de San Lorenzo. O, quizás, solamente su entereza. Y a nosotros, sólo esa imagen grabada de la Madre, nuestra Madre, que se marcha, sola, dejando tras sí la estela del sudario desnudo en la espadaña de la Cruz. Todos se marcharon, sólo Ella permanece, en pie sobre su dolor, erguida. Y como último recuerdo nos quedará el sonido del Sábado Santo, que se pronuncia Soledad.

 



Joaquín Caro Romero (2000).

 

En San Lorenzo, la Virgen de la Soledad, Madre nunca marchita porque el dolor no la envejece y ante la que meditamos en la «tristeza mortal» de su Hijo en Getsemaní, lo sabe todo de la soledad. Esa soledad que lleva dentro y fuera como una íntima e inaccesible «torre de ciegas ventanas». El pregonero, al llegar a este punto, se acuerda de sus grandes tutores y maestros que ya no están a su lado con la tangencia de ayer: Rafael Laffón, Joaquín Romero Murube, Manuel Tristán Alonso, Antonio Rodríguez- Buzón... Cuántas bajas en la lista. Pero reconforta pensar que un cofrade, al desaparecer, no abandona del todo sus espacios vitales, porque «una corriente emana de los cuerpos, y permanece en el área donde se ha desarrollado su existencia».

 



Francisco J. Ruiz Torrent (2002).

 

[…] aquel espíritu de nuestro admirado poeta, aquel que continuamente había llevado a Sevilla en los labios y en su corazón, había recuperado al fin los cielos que él creía perdidos y gozaba ya de esa Sevilla celeste y soñada que tanto había amado y de la visión de su Virgen de la Soledad, la más triste y solitaria de las Vírgenes sevillanas, pero a la que sin duda alguna sigue consolando y acompañando desde entonces como su más fiel y enamorado amante.

 

[…]

 

En Soledad, en la más absoluta y desconsolada Soledad, volverá María hasta su casa de San Lorenzo. Allí, antes de que la losa negra de su puerta se cierre, una voz romperá el aire de la medianoche despidiéndola con una saeta:

 

De la pasión dolorosa

de tu divino Jesús

sólo te quedan tres cosas:

Tu Soledad, una Cruz

y unas espinas sin rosa.



Francisco José Vázquez Perea (2003).

 

Amarás de Sevilla sus piedras y sus jardines, sus leyendas y su historia. Amarás sus costumbres y esa fina sensibilidad que desprende su vieja sabiduría. Pero ama siempre más a tu hermano, el hombre que la habita.

Sevilla con sevillanos. Si no, sería imposible la Semana Santa. Rechaza los tópicos y las etiquetas, te hablarán de  ortodoxos y heterodoxos, de capillitas y descreídos, de críticos y furibundos, acógelos a todos poniéndote en la mirada de Dios porque no venimos a juzgar sino a dar. Y acércate con misericordia a quien te golpea, porque solo Cristo es tu modelo. Y acuérdate de los que faltan. Tengo que decirte, lo siento, que de vez en cuando, experimentamos una sensación de separación y lejanía por un ser querido que se ausenta. Daríamos toda la vida por estar un minuto más junto a el. Pues esto es en lo que creemos. Que volveremos a recuperar su compañía cuando entreguemos nuestra vida. Míranos cuando todo esto esté a punto de concluir: ya no estará Cristo entre nosotros. Y no es a El, seguros estamos de su Resurrección, sino a la Madre a quien perseguimos por las últimas esquinas de San Lorenzo, Soledad del adiós y de la luna. Soledad del manto cuadriculado por las escalas que caen de su Cruz. Soledad fugaz. Dentro de unos minutos ya no será Semana Santa ni ella será tampoco Soledad.

Sevilla con sevillanos, si no, no habría derecho. Ámalos. Verás multitud de símbolos, medallas, cordones, túnicas, insignias, estandartes, escudos pero está escrito: sólo por un distintivo reconocerán que sois mis discípulos: si os amáis. Ese amor es el que justifica que existan cofradías.

 



Rafael de Gabriel García (2004).

 

¿Qué pena se devanaba

                                                           entre camelias dormidas?

                                                           ¿Cuál sería el interrogante

                                                           que en tristeza la sumía?

                                                           ¿Qué becqueriano momento

                                                           entre las luces que brillan

                                                           llegando del Aljarafe

                                                           por el Bajondillo arriba?

 

                                                           Los cristales de los cierros

                                                           aéreo fulgor desprendían

                                                           que llegaba a la Alameda

                                                           por ambiente que suspira

                                                           porque llegue la Señora

                                                           que entre Soledad transita.

 

                                                           Aquella lejana tarde

                                                           de un Sábado de Sevilla

                                                           llegó su paso dorado

                                                           que de la Plaza salía

                                                           entre incienso y entre gente

                                                           que entristecidos venían

                                                           al hilo de su Dolor,

                                                           y es que todo allí sufría

                                                           en el silencio del barrio,

                                                           por sus lágrimas heridas.

 

La Cruz y las Escaleras

avanzaron suspendidas

y yo juro que escuché

el trinar de golondrinas

que llevaban en sus picos

las puntas de las espinas

de la Corona de Cristo,

que la Señora traía

en sus manos temblorosas

de Madre tan afligida.

 

¿Qué pena se devanaba?

que el mismo Cielo quería

bajar hasta San Lorenzo

aquella tarde tristísima,

más nadie supo decirle

ni una palabra de vida

ni su pena consolar

mientras su paso seguía

por calle Conde Barajas

para atravesar Sevilla...

 

Solos nos quedamos todos

y la Soledad se iba

con su pena devanada

entre camelias dormidas.



Fernando María Cano-Romero Méndez (2011).

 

Y cerrando las cofradías de la jornada, la Virgen en su Soledad, huérfana este año de su diputado de Cruz, vendrá desde San Lorenzo para remediar tantas soledades como sufren los que en los últimos años de su vida no encuentran ni el cariño ni la compañía de aquellos con los que se volcaron en sus años de juventud y madurez, la de los marginados injustamente por la sociedad que los desprecia, la de los enfermos que pasan sus días atados al lecho del dolor, la de los injustamente privados de libertad, y la de tantos y tantos como sienten la pena inmensa de la soledad. Ella, va repartiendo las blancas azucenas talladas en la canastilla de su paso para que sean compañía de los que se sienten solos, consuelo para los abatidos, mano tendida para los desamparados y rayo de luz para los que viven en tinieblas y sombras de muerte, y se cerraran las puertas de San Lorenzo para hacerse relicario de su Soledad y reja del Cielo siempre abierta.

 

Publicado: 26 Noviembre 2011
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Publicado: 26 Noviembre 2011
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